martes 6 de marzo de 2012

lunes 27 de febrero de 2012

RAZONES DE UNA EXPLOSIÓN

El entrenador, decepcionado con Agapito, con los fichajes que no llegaron y con el carácter y el nivel de la plantilla, ya asume que se equivocó al venir

Manolo Jiménez se define como un luchador. Lo fue sobre el césped y lo es en los banquillos. Honesto, de trato directo y frontal, el técnico empezó a asumir que se había equivocado en venir al Zaragoza muy poco después de llegar, cuando Arenere y sus consejeros se hartaron de Agapito. El entrenador ya sabe desde hace tiempo lo que implica el caos de la gestión del soriano, en el club y en la Liga, y además se ha topado con una plantilla de baja calidad, de limitado físico, con bastantes futbolistas de nivel impropio para la élite y sobre todo escasa de carácter, sin un líder en un grupo que apenas reacciona a los estímulos que lanza el entrenador. Y si lo hace, no tarda en diluirse.

Llegó en Año Nuevo con la promesa de fichajes ya hechos, creyendo que se iba a convencer a Ponzio para que siguiera y con el cambio en el club y en el ambiente hostil hacia Agapito que en teoría iba a propiciar el paso atrás del soriano. Todo mentiras. Tuvo que mediar para traer a Aranda y Apoño, pero el resto de objetivos zaragocistas que hubieran aumentado el nivel de la plantilla no llegaron. Pidió dos centrales, clamó por al menos uno y un defensa polivalente y al final y sobre la bocina vino un lateral fuera de forma (Álvarez).

El 31 de enero, al acabar el mercado, meditó dimitir pero no lo hizo. Ya sabía que la defensa iba a tener mala solución y sus temores se han confirmado. Su central más competitivo es Lanzaro. Sí, Lanzaro. Y con un equipo que encaja goles de todos colores, pese a que su portero suele ser el mejor, no hay nada que hacer.

Jiménez apenas ha hablado con Agapito en estos dos meses, y sí bastante con Prieto, demasiado leal al soriano como para confiar en él. Se siente solo y defraudado. Ha trabajado duro, ha cambiado cosas, ha movido fichas. Ha apostado por veteranos, por jóvenes, por jugar con dos delanteros, con uno, por hacerlo con rombo en la medular o reforzar el medio... Y el equipo se cae, física y mentalmente, en el tramo final. Se ha puesto en cinco de los ocho partidos por delante y solo ganó en Cornellá. Si por él fuera, saltaría al campo a cerrar los partidos para que los rivales no acabaran por remontar cuando los suyos se diluyen como un azucarillo. Al final, la estadística es demoledora, cinco puntos de 24, una victoria, dos empates y cinco derrotas como balance.

Jiménez ha encontrado en sus apariciones públicas un desahogo, una forma de dejar claro lo que está sufriendo y lo mucho que ve sufrir al zaragocismo. Criado en el Sevilla, en otro club con leyenda, no entiende la desidia ni bajar los brazos cuando se defiende a un equipo con tanta historia, por muy malo que sea el contexto que rodee al club y tan penosa sea la situación en la tabla.

En Santander, en su debut, ya vio un equipo sin respuesta, pero también en las segundas partes contra el Rayo o con el Betis y, sobre todo, en la última media hora en La Rosaleda. Más, cuando la semana pasada había apelado en cada conversación al orgullo y a la dignidad de los suyos, al compromiso, y había organizado una concentración en Málaga para mantener la tensión competitiva. Y el grupo le respondió con desidia y sin tensión en el tramo final. Demasiadas razones para explotar. Y explotó en La Rosaleda.
Razones de una explosión ( El Periódico de Aragón - 27/02/2012 )

SIN PAÑOS CALIENTES

jueves 23 de febrero de 2012

REAL ZARAGOZA - BETIS












Jiménez abre la puerta a todo el que quiera irse




Tras la salida de Antonio Tomás, el técnico fue claro y duro en el vestuario: "El que piense en marcharse, que se vaya. Pero ya"

En poco menos de dos meses al frente del Real Zaragoza, Manolo Jiménez no solo ha tenido tiempo de vivir en primera persona el caos que supone este club. También ha sufrido en tan poco tiempo la salida voluntaria de tres jugadores: Ponzio, Meira y, en última instancia, Antonio Tomás. Tres deserciones con una u otra justificación, pero deserciones al fin y al cabo. En el caso del centrocampista cántabro, que tiene una oferta del CSKA de Sofía, el argumento utilizado por él es que no se encuentra a gusto y bien en el Zaragoza.

No es de extrañar que el martes, poco después de que Antonio Tomás le anunciara al técnico en una brevísima conversación su intención de marcharse, Jiménez quisiera lanzar todo un aviso al resto de la plantilla. En la charla previa al entrenamiento, que tuvo una duración global de 45 minutos y en la que ya no estuvo el centrocampista, les abrió la puerta a todos en una palabras enérgicas y llenas de sinceridad y dureza, según confirmaron ayer a este diario fuentes del vestuario.

"La situación es para hombres y como hombres hay que afrontarla", les dijo el técnico de El Arahal en el comienzo de esa charla, que no giró lógicamente toda en torno a este asunto, ya que se habló de la derrota ante el Betis. Jiménez fue duro, conciso y muy explícito. "El que esté pensando en tirarse del barco, en marcharse, que se vaya ya, por mí la puerta la tiene completamente abierta. Que nadie se sienta obligado a jugar en el Zaragoza, de una situación así no se afronta saliendo a jugar obligado", añadió Jiménez, que aún mandó un mensaje más a sus futbolistas: "El que no esté dispuesto a sumar, que no esté, para que por lo menos no reste".

El entrenador zaragocista es tan consciente como cualquier aficionado de la dificultad de la situación y ya reconoció en una emisora nacional tras el partido que el equipo tiene pie y algo más en Segunda. Sin embargo, quiere que el Zaragoza dé la cara hasta el final, que luche por salir de abajo de la forma más digna. Por eso, no dudó en mostrar la puerta de salida a Ponzio cuando éste alegó querer irse a Argentina, a River, o a Meira por las molestias que, según el portugués, le impedían rendir al máximo nivel en Primera División.

Lo mismo hizo el preparador andaluz con Antonio Tomás, sin pensárselo dos veces, más cuando el futbolista apenas entraba ya en sus planes. Y lo mismo hará si alguien más llama a su puerta con esa intención. Ha habido otros futbolistas que en los últimos tiempos también han manejado esa idea y a nadie le puede extrañar que haya otros que lo sigan pensando. Por ejemplo, Ruben Micael fue uno de los que quiso marcharse antes de comenzar el mercado invernal cuando Aguirre era el técnico del Zaragoza, aunque ahora con Jiménez es un futbolista importante y con continuidad.

"Quedan aún muchos jugadores en la plantilla y no creo que se vayan ya muchos más", explicó Aranda cuando se le preguntó ayer por la salida de Antonio Tomás: "El que se quiera ir que se vaya si él cree que es para mejorar. En un equipo puede haber hasta 25 jugadores y, si son menos, no pasa nada. Mientras los que estemos vayamos al mismo ritmo y con la misma idea, vamos bien", añadió el delantero malagueño, que en todo caso no va a ser de los que deserten: "Personalmente, yo aseguro que no me voy a ir".

Antonio Tomás se despidió el mismo martes de la plantilla zaragocista y el club no hizo oficial ayer su salida porque aún queda por firmarse la documentación. El jugador renuncia a la parte del contrato que que le resta por percibir hasta junio y tiene una oferta del CSKA de Sofía. "Sí, ese puede ser su destino, pero ya se verá. De momento, nos remitimos a lo que diga el Zaragoza", señaló Eugenio Botas, su agente. El club, oficialmente, aún no ha dicho nada. Tampoco tuvo demasiado tiempo, ya que el deseo del jugador de marcharse no se conoció en la entidad hasta el lunes, antes del partido ante el Betis, donde el futbolista no fue convocado.

"Antonio Tomás se despidió de nosotros. En el poco tiempo que he tenido para conocerlo, me pareció una buena persona, un buen chaval y un buen compañero. Tomó esa decisión y, cuando uno busca el beneficio personal, creo que hay que respetarlo. Había estado lesionado, estaba jugando poco y se va por cambiar y mejorar. Le deseamos lo mejor", aseguró Aranda sobre la salida del que ha sido su compañero en el equipo zaragocista.

Jiménez abre la puerta a todo el que quiera irse ( El Periódico de Aragón - 23/02/2012 )

KRASNY BOR: RESISTID, MALDITOS



Por Fernando Díaz Villanueva
Cuando la última de las grandes guerras de la historia de España –la que libramos contra nosotros mismos– había concluido, en el otro extremo del continente se desató la mayor carnicería que la humanidad haya conocido jamás. Se trataba de la invasión alemana de Rusia, la llamada Operación Barbarroja, que dio comienzo en junio de 1941 con el objetivo confeso de hacer que la Unión Soviética se evaporase del mapa para siempre.

En aquel frente se desarrolló una brutal guerra de exterminio, sin cuartel, como no se había visto nunca. Los alemanes, poseídos por una furia homicida que todavía hoy nadie ha conseguido explicar, irrumpieron en la estepa rusa y arrasaron pueblos, ciudades y aldeas, asesinando en masa. Los rusos, a quienes la campaña había cogido por sorpresa, no tardaron en reaccionar y contraatacaron con fiereza inusitada. Entre medias quedó la nada y 30 millones de cadáveres, la mayor parte civiles inocentes.

Pues bien, en aquel caldero hirviente de fanatismo ideológico, odio étnico y venganza se metieron 50.000 españoles. Lo hicieron, además, por voluntad propia; porque España, aunque sea por simple lejanía, ni estaba ni ha estado jamás en guerra contra Rusia. El cuerpo de voluntarios se reclutó el mismo año de la invasión y fue trasladado a Alemania, donde fue integrado en el ejército alemán: conformó la 250ª Unidad de la Wehrmacht. No combatía bajo bandera española, sino bajo la alemana; aunque aquí, como estas cosas siempre nos han gustado mucho, sus triunfos y actos heroicos, que fueron unos cuantos, se vivieron como propios.

La unidad, conocida como División Azul por las camisas falangistas que llevaban sus integrantes, combatió en el frente de Leningrado durante más de dos años. Parece mentira, pero tiene guasa que a una división de bronceados sureños venidos del país donde crecen los limoneros la enviasen a combatir a una región de intratables inviernos, lagos congelados y temperaturas dignas de Groenlandia. A pesar de todo, los nuestros lo hicieron bien, es más, lo hicieron extraordinariamente bien: dejaron el pabellón muy alto en la que habría de ser la última de las guerras de nuestra historia.

La misión que les había tocado era la de contribuir al sitio de Leningrado, ciudad a la que Hitler quería matar de hambre. La División Azul pronto se ganó cierta fama de invencibilidad por sus excelentes cualidades de combate. El mismo Führer, que no apreciaba especialmente a los españoles, reconoció lo duros y extremadamente valientes que eran sus soldados. Al primero de los generales que comandó la división, Agustín Muñoz Grandes, llegó a concederle la Cruz de Hierro, una distinción que muy pocos extranjeros llegaron a alcanzar.

A principios de 1943, mientras el VI Ejército alemán se rendía en Stalingrado después de resistir durante meses, el alto mando ruso concibió la idea de romper el cerco de Leningrado golpeando por el área de Krasny Bor, un arrabal de la ciudad que se encontraba en manos enemigas. El lugar elegido para la ofensiva era ese porque el general Zukov suponía que, al estar defendido por voluntarios españoles, éstos, sometidos al frío extremo, las privaciones y la desmotivación propias de aquella guerra absurda, saldrían fácilmente en estampida, dejando el paso expedito a los 40.000 soldados, 90 tanques y 1.000 piezas de artillería del 55º Ejército soviético.

Ante semejante alarde, los aperreados españoles apenas podían oponer 5.000 hombres ateridos de frío, malcomidos y con las manos entumecidas. Al punto de la mañana del 10 de febrero, en plena noche y a 25 bajo cero, Zukov ordenó abrir fuego de artillería sobre las posiciones españolas. Su idea era no dejar un solo enemigo vivo. Ochocientas bocas se pusieron a escupir fuego de obús durante dos interminables horas. El cañoneo era letal y ensordecedor, entre andanada y andanada pasaban diez segundos, los necesarios para recargar los cañones. Los divisionarios corrieron a los búnkeres en espera de que pasase el fuego artillero, pero éste era de tal intensidad que muchos no resistieron.

Al amanecer, la mitad del regimiento español había muerto. Pero quedaba la otra mitad, y no tenía pensado huir. Desde la comandancia la orden era explícita: resistir hasta el último hombre. Una orden así, cualquier otro regimiento la hubiese desobedecido, pero no uno formado por infantes españoles. Los rusos no podían ni imaginar que tenían enfrente a un batallón de irreductibles hispanos dispuestos a cualquier cosa con tal de no rendirse, así que avanzaron confiados con los carros de combate y los regimientos de infantería.

Y ahí se torció el impecable plan de Zukov. La lluvia de obuses había derretido la nieve, dejando el campo intransitable para los blindados, lo que obligó a los soviéticos a internarse a pie en Krasny Bor. Era todo lo que los divisionarios necesitaban. Reorganizados a toda prisa, metralleta en mano y metidos en los cráteres dejados por las bombas, esperaron a que las unidades rusas se aproximasen para disparar a discreción.

La masacre fue dantesca. En sólo unas horas cayeron 10.000 soldados soviéticos. La táctica seguida por los divisionarios era mantener una posición hasta que fuera detectada; entonces retranqueaban la línea y vuelta a empezar. Todo dependía de ellos porque sus aliados alemanes no se decidían a acudir. O se anticipaban y disparaban, o un enemigo numéricamente superior y que defendía su patria les machacaba sin miramientos. El viejo lema de la aviación española: "Vista, suerte y al toro", nunca tuvo mejor expresión en tierra.

Los alemanes, sorprendidos por la acometida soviética, dejaron pasar la mañana sin acudir en auxilio de la División 250. Probablemente pensaron que un contingente tan pequeño habría sucumbido ante la apisonadora de Zukov. Una vez sacrificados los voluntarios españoles, lo mejor era mantener la línea y reorganizar la defensa más atrás con regimientos alemanes. Al norte se encontraba la IV División de la SS Polizei, pero no podía moverse, por si los soviéticos cambiaban el curso de la ofensiva. La Luftwaffe no acudió hasta entrada la tarde, y poco después llegó la 212ª División de Infantería alemana.

Para entonces la batalla ya había terminado: 5.000 españoles con fusiles y metralletas habían cedido sólo tres kilómetros frente a 40.000 rusos armados hasta los dientes; es decir, que, contra todo pronóstico y hasta contra la misma lógica, los españoles habían vencido. Pero la victoria no había salido gratis: 1.125 muertos, 1.036 heridos y 91 desaparecidos fue el precio que hubieron de pagar. Algunos fueron hechos prisioneros y conducidos hasta Leningrado, donde fueron interrogados por otros españoles, que luchaban para los rusos.

Zukov creía que, en Krasny Bor, Hitler había estrenado algún tipo de arma secreta y milagrosa. "Dice el coronel que le habéis causado más de 10.000 bajas, y eso es imposible con ametralladoras y máuseres corrientes", le espetó un republicano español a un sargento de la División Azul capturado durante la batalla. El arma secreta y, más que milagrosa, correosa eran los divisionarios, hijos de la lejana España, herederos de una tradición milenaria que se cifra en resistir lo que haga falta a cualquier precio, con razón o sin ella, en Rusia o en Sierra Morena.

Meses después, cuando se había extendido por la Wehrmacht la leyenda de los bravos españoles que, a decir de Hitler, "apenas se protegen y desafían a la muerte", un oficial alemán confesó a un corresponsal en Berlín: "Los españoles, más que soldados, son guerreros". Los de Krasny Bor lo fueron, y de los buenos.

http://historia.libertaddigital.com/krasny-bor-resistid-malditos-1276239893.html

miércoles 22 de febrero de 2012