lunes, 26 de marzo de 2012

LA COLUMNA DE GASPAR ROSETY




El sufrimiento de Manolo Jiménez empieza a merecerle la pena. Tras su victoria de ayer se ha reenganchado a la lucha por la vida, agarrado a la épica del penalti después del último minuto. Un equipo que estaba muerto hace un mes y por el que no hubiéramos dado un euro ha sido capaz de resucitar y plantar cara al futuro, vestido de descenso, ruina y desmoronamiento, ante una afición extraordinaria, maravillosa, capaz de soportar lo insoportable.

El Real Zaragoza ha sido siempre un grande de nuestro fútbol, desde los tiempos de los «Cinco Magníficos» hasta sus peores peregrinajes por la Segunda División. Cuenta con el respaldo de una gran ciudad y una historia cuajada sobre la base de los éxitos. Todos fuimos zaragocistas aquella noche mágica de mayo de 1995, cuando el cielo de París se abrió en el Parque de los Príncipes con los goles de Esnáider y de Nayim. Liderados por los inagotables Ligallo Fondo Norte, los aragoneses entronizaron el fútbol espectáculo. Nunca se rinden.

Ahora, tras un verdadero calvario, el escudo rojo del viejo león se deja la sangre sobre la hierba para escapar de una desaparición que sobrevolaba entre los miedos más cercanos.
El Real Zaragoza no está luchando para evitar el descenso a Segunda, sino para regatear a la muerte. Este ejemplo de afán de supervivencia dignifica a sus integrantes y a su afición. No sabemos cuál será el final, tampoco lo saben en Gijón, Santander y otras ciudades, pero se agradece que en esta Liga tan espectacular nadie arroje la toalla.

http://www.larazon.es/noticia/2029-real-zaragoza-por-gaspar-rosety

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