14/12/2009 IGNACIO MARTÍN CISNEROS
El 9 de septiembre del

Las líneas básicas del nuevo jefe eran del gusto de cualquier hinchada del mundo. Sus palabras eran llanas, populistas. Se trataba de fichar a todos los fueras de serie que estuvieran al alcance y de vender a los buenos solo para comprar a otros mejores. Así, su llegada fue una explosión de oxígeno para el zaragocismo, que llevaba años bramando contra la tacañería de Soláns júnior y que creía ver en el soriano a un tipo de la calle, capaz de traducir decenas de años y miles de sueños en realidad.
TRES AÑOS DESPUÉS
El Real Zaragoza SAD es ahora una empresa que marcha camino de la bancarrota, un fracaso económico, un fiasco deportivo, una catástrofe social. El consejero delegado ha ido engulliendo a casi todos los que estaban o pasaban por su lado, al tiempo que se rodeaba de tipos desconocidos, irreconocibles sobre todo para cualquier zaragocista de a pie: Gerhard Poschner, Antonio Prieto, Ernesto Bello... Por no hablar de personajillos de diferentes calado que han metido baza en el club.
Agapito había empezado la casa por el tejado y se le cayó en cuanto quiso levantar la segunda planta. En lugar de tejer una estructura sólida en las diferentes áreas de la sociedad, comenzó a comprar jugadores y a echar entrenadores casi por capricho. Con Víctor Fernández fue uña y carne hasta que no lo aguantó más, se alejó de él y fue tendiéndole trampas, ayudando además a que explotaran las bombas que le había colocado en el vestuario. Al final se lo cargó, más tarde que pronto, también sin que la afición responsabilizara al técnico directamente de la deriva. Ahí empezó a derrumbarse el castillo de arena, de barro. Y llegó el desfile. Uno detrás de otro fue eligiendo mal: Ander Garitano, Javier Irureta --un fichaje incomprensible desde cualquier punto de vista-- y Manolo Villanova. Después, la hecatombe.
OTRA MALA ELECCIÓN
La solución, tras una surrealista comparecencia de prensa en la que llegó a afirmar que al Zaragoza no le hacía falta vender a ninguna de sus estrellas para sobrevivir --acabó traspasando a los mejores jugadores, a todos sin excepción--, la encontró en Marcelino. Otra mala elección, visto está. La comunión duró una temporada, más o menos. Cuando Marcelino comprendió que no le iban a construir el proyecto de Liga de Campeones que le habían prometido, comenzaron las fricciones, los malos rollos que han acabado con el preparador asturiano en la calle y el Zaragoza, otra vez camino de la tragedia.
Tres años y medio después, Agapito ha acabado con cualquier sombra del Zaragoza que fue. La fractura con la afición es insoportable, hay una crisis de identidad absoluta, el equipo es malo se mire por donde se mire, y a la plantilla tampoco se le augura un gran futuro. Una tremenda devastación que ni el escudo, que también cambió porque le dio la gana, ha resistido. Faltan los números, que son lo peor. Cuando se marchó Soláns el 26 de mayo del 2006, el club tenía una deuda de 63 millones, solo trece de ellos a corto plazo. Ahora, aunque el club solo quiere reconocer una deuda de 73 millones, esa obligación ha subido hasta los 124 millones, de los que debe afrontar 91 millones en el 2010. Los resultados son incontestables, para todos.
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