Artículo de S. Valero aparecido en el Periódico de Aragón.

La grada emitió sentencia ayer en La Romareda. Más allá de que le expresara su apoyo a un Marcelino que estaba sentenciado, y ejecutado, tras sus explosivas declaraciones, la afición le mostró a Agapito Iglesias, como propietario, y a su nutrida corte de dirigentes, algunos con presencia solo para figurar, que no aguanta su gestión, porque se ha cansado, se ha hartado, del actual estado del club. El fracaso del primer descenso marcó al máximo accionista y fue Marcelino quien condujo la nave hacia el retorno a la élite, pero ese regreso va camino de convertirse en un espejismo, porque el Zaragoza es una nave a la deriva que enfila el camino del Infierno. Y la delicada situación económica no aguantaría otro golpe de ese calado. Se trata de evitar esa catástrofe. Si Agapito, y su corte, no se siente con fuerzas, lo que es difícil saber ya que casi nunca da la cara, o sin ideas, lo que es fácil de deducir dado el esperpento que ha vivido el club en el pasado verano para configurar una plantilla descompensada y limitada a la que las lesiones le dieron el toque de gracia, que deje el paso a otros, si eso es posible, claro. Colecciona tres años y medio del que solo se salva el primero, con billete europeo. El resto es desolador. Un descenso, un paso por Segunda y el horrible curso actual es un balance que justifica el hartazgo de una grada anestesiada ante el temor de otra catástrofe que ya vuelve a intuir y que al fin explotó. La colección de errores es numerosa. Por si fuera poco, el dueño volvió a cometer un error que ya le pasó con Víctor, mantener a un entrenador en el que no se confiaba desde antes de que el balón echara a rodar. A Marcelino ni se le dio lo que pedía en los refuerzos, o muy poco, ni se le dejó trabajar en las mejores condiciones, siempre con la espada de Damocles sobre su cabeza. La llegada de Poschner, la mano ejecutora de Agapito, porque la de Bandrés es una figura testimonial

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